Si alguien lee esto, significa que yo ya no estoy en este mundo. Ni yo
ni los admirables músicos de la Wallace Hartley Band, ya que hemos
tomado todos juntos la decisión de no abandonar el majestuoso barco del
Titanic hasta el final.
Parece ser que debido a un choque con un glaciar
el barco se está hundiendo. Y eso ha provocado el miedo, o más que eso,
el terror y el pánico de todos los pasajeros. Ya no hay diferencia
entre los ricos y los pobres, pues todas sus vidas valen lo mismo ahora y
en su cara se refleja la misma desesperación. A pesar de que se nos
encoge el corazón de ver a la gente llorar, correr de un lado a otro con
desorden, sin saber donde ir, buscando a gritos a sus familiares hemos
estado tocando en el salón de primera clase. Fue un intento por quitar
dramatismo a la situación e intentar que los pasajeros se calmaran. El
capitán pasó con prisas por el salón hace un rato y se sorprendió de
vernos tocando aún. Con semblante grave nos preguntó “¿Qué hacéis
todavía aquí insensatos? El barco se hunde. Deberíais preocuparos por
salvar vuestra vida. Vuestro contrato ya no vale nada.” Yo le dije
“Señor, nuestro trabajo no acabará hasta que el agua se lleve nuestros
instrumentos.” Entonces él respondió “No sabría decir si lo que vais a
hacer es de estúpidos o de valientes. Pero una cosa es segura… Pase lo
que pase no quedaréis en el olvido.” Y con semblante grave se ha
marchado, seguido por unos cuantos almirantes preocupados. Todo el mundo
tiene miedo. Cuando la gente empezó a salir a cubierta decidimos seguir
tocando allí. Hasta el final. Y el barco sigue hundiéndose. Y los
gritos no cesan. Pero yo no dejo de agitar la batuta, porque eso es lo
que mis músicos esperan de mí.
La gente se empieza a arrojar al mar, donde
las bajas temperaturas del agua les hacen gritar. . He visto a hombres
fuertes llorar, a madres de tercera clase dando sus hijos a las señoras
ricas de los botes, a un anciano sentado en un sillón, simplemente
esperando lo inevitable, a una chiquilla llorando en un rincón sin que
nadie le prestase la mínima atención. Y ¿yo?, yo, debo dejar de escribir,
arrojando esta carta al mar en una botella.
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